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opinión 
 

 

Confinamiento y pandemia: un momento para revisar cómo estamos imaginando el futuro de las ciudades

Nicolás Azócar González

Sociólogo

 

El confinamiento en el contexto de la pandemia por COVID-19 ha propiciado que se le dé rienda suelta a ideas sobre cómo se piensa que va a ser el mundo una vez superado este estado de emergencia o, más allá aún, cuál es el mundo que se quiere una vez que volvamos a volcar nuestra vida social a las calles. Y justamente el espacio urbano ha sido en gran medida el eje rector de las propuestas, fantasías y preocupaciones de unos/as y otros/as.

Para quienes aventuran sus premoniciones desde las ciencias sociales, pareciera ser que se llega a un cierto nivel de consenso al plantear la idea del agotamiento del paradigma dominante en la manera en que pensamos, planificamos, hacemos y usamos las ciudades. Aun así, es posible distinguir en este popurrí de proyecciones post-pandémicas dos grandes corrientes: por un lado, quienes presagian y desean un nuevo paradigma de constructibilidad, mientras que por otro, quienes lo piensan desde la situación de la movilidad en la ciudad.

Dentro de la primera perspectiva, las propuestas son variadas y multifocales. Y tal es el grado de diversidad en que se han dado las diferentes reflexiones que se ha llegado a abarcar elementos tan concretos como, por ejemplo, construcciones higienistas capaces de repeler la expansión de virus y bacterias mediante los materiales de construcción. Sin embargo, persisten ideas con enfoque macroestructurales en las cuales el elemento que ha ido tomando mayor protagonismo ha sido el espacio público. Un punto obligado de discusión también en tiempos anteriores a la pandemia, hoy en día se le piensa como unos de los principales elementos capaces de promover la recuperación de la salud económica de un país a través de su capacidad de fortalecer las economías locales, así como también un punto clave para la recuperación de la salud psíquica de quienes habitan viviendas mínimas y que necesitan un punto de desahogo, por lo que las propuestas han tocado puntos relevantes en el planteamiento de estos espacios que van desde el ensanchamiento de aceras, la creación de parques emergentes mediante la apertura de calles o, derechamente, replantear el espacio público como lugares para la soledad mediante ejercicios de dotación de infraestructura que posibilite lo que ya se está planteando como aglomeración dispersa.

Por otro lado se ha podido evidenciar una preocupación por las características que tendría que tener la nueva movilidad en las calles. Y en esta línea han aparecido propuestas, erigidas desde la idea de ayudar a las personas a mantener distancia física mientras se mueven por la ciudad, que desafían completamente la lógica que venían experimentando ciudades totalmente saturadas como es el caso de la Ciudad de México, en la cual no solo se propone el arrebato de las calles a los automovilistas y la expansión de ciclovías, sino también un transporte público más eficiente para evitar aglomeraciones. La preocupación por el uso adaptativo de las calles ante esta nueva realidad que se vislumbra no escapa de la preocupación por la estabilización de las economías, esto ha propiciado la búsqueda de estrategias que garanticen el acceso a servicios esenciales sin viajar largas distancias, lo que supone tanto un desafío en relación a la movilidad como en relación a la planificación de los centros urbanos y la forma en que nos relacionamos con nuestro propio entorno más cercano.  

En definitiva, esta sensación de que las cosas van a cambiar que se está viviendo colectivamente y que nos trae a colación las propuestas aquí presentadas y todas aquellas que se quedaron en el tintero son una señal clara de que incluso aquellas ideas que hace poco tiempo atrás podrían parecer radicales o revolucionarias sobre cómo queremos nuestras ciudades hoy pueden parecer plausibles y aceptables. Las preguntas serían entonces ¿cuánto tiempo necesitamos para llevarlas a cabo y quiénes deben estar realmente a cargo de ellas?.